El Amor Verdadero
El amor verdadero no es hijo de un instante,
ni su eslabón sirve para hacer fuego a voluntad,
sino que, a su aire, nace y anda,
tras largo entretenimiento, que afirma su cimiento.
No lo rondarán entonces conjuros o rupturas,
ni se alejará ya nunca del asiento y el crescendo.
Lo que viene a confirmar el que veamos
toda obra hija de un instante morir en su siguiente.
Yo soy empero tierra durísima, pedernal puro,
del todo remisa a los esquejes, insumisa,
si bien aquella planta que en mí arraiga
ya no tenga -en primavera- cuidado de las lluvias.
El Verbo, la Palabra, es un don que se ha puesto al alcance del hombre, para ennoblecer su condición por encima de todas las formas animadas. Y el hombre viene obligado a utilizar ese don divino de la manera más depurada posible... Y esto se hace más imperioso cuando se trata de penetrar en los dominios de la palabra-arte.
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domingo, 16 de mayo de 2010
jueves, 1 de abril de 2010
No Me Mueve, Mi Dios - Fray Miguel de Guevara, O. S. A.
No me mueve, mi Dios, para quererte,
el cielo que me tienes prometido;
ni me mueve el infierno tan temido
para dejar por eso de ofenderte.
Tú me mueves, Señor; muéveme el verte
clavado en una cruz y escarnecido;
muéveme el ver tu cuerpo herido;
muéveme tus afrentas y tu muerte.
Muéveme, en fin, tu amor, en tal manera
que aunque no hubiera cielo, yo te temiera.
No tienes que me dar porque te quiera;
porque aunque cuanto espero no esperara,
lo mismo que te quiero te quisiera.
domingo, 21 de febrero de 2010
El Seminarista de los Ojos Negros - Ramos Carrión, Miguel
I
Desde la ventana de un casucho viejo
abierto en verano, cerrado en invierno
por vidrios verdoso y plomos espesos
una salmantina de rubios cabellos
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas la tarde pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello.
II
Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibujaba su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
El solo, a hurtadillas, y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubios cabellos
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
III
Monótono y tarde va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.
Desde una ventana del casucho viejo,
siempre sola y triste, rezando y cosiendo,
una salmantina de rubios cabellos
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Pero no ve a todos; ve sólo a uno de ellos,
el seminarista de los ojos negros.
IV
Cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
en vez de sotanas, marciales arreos.
Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla -¡Te quiero! ¡Te quiero!
¡Yo no he de ser cura! ¡Yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende, y olvida los rezos,
y ya vive sólo en sus pensamientos,
el seminarista de los ojos negros.
V
En una lluviosa mañana de invierno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos:
por la angosta calle pasaba un entierro.
Un seminarista sin duda era el muerto,
pues cuatro llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja encima cubierto,
y sobre la beca el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos;
los seminaristas iban en silencio
siempre en las dos filas hacia el cementerio,
como por las tardes al ir de paseo.
La niña angustiada miraba el cortejo:
los conoce a todos a fuerza de verlos...
Sólo uno, uno solo faltaba entre ellos,
el seminarista de los ojos negros.
VI
Corriendo los años, pasó mucho tiempo.
Y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con los rezos
recuerda, recuerda, triste por las tardes...
el seminarista de los ojos negros.
Desde la ventana de un casucho viejo
abierto en verano, cerrado en invierno
por vidrios verdoso y plomos espesos
una salmantina de rubios cabellos
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas la tarde pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello.
II
Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibujaba su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
El solo, a hurtadillas, y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubios cabellos
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.
III
Monótono y tarde va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.
Desde una ventana del casucho viejo,
siempre sola y triste, rezando y cosiendo,
una salmantina de rubios cabellos
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Pero no ve a todos; ve sólo a uno de ellos,
el seminarista de los ojos negros.
IV
Cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
en vez de sotanas, marciales arreos.
Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla -¡Te quiero! ¡Te quiero!
¡Yo no he de ser cura! ¡Yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende, y olvida los rezos,
y ya vive sólo en sus pensamientos,
el seminarista de los ojos negros.
V
En una lluviosa mañana de invierno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos:
por la angosta calle pasaba un entierro.
Un seminarista sin duda era el muerto,
pues cuatro llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja encima cubierto,
y sobre la beca el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos;
los seminaristas iban en silencio
siempre en las dos filas hacia el cementerio,
como por las tardes al ir de paseo.
La niña angustiada miraba el cortejo:
los conoce a todos a fuerza de verlos...
Sólo uno, uno solo faltaba entre ellos,
el seminarista de los ojos negros.
VI
Corriendo los años, pasó mucho tiempo.
Y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con los rezos
recuerda, recuerda, triste por las tardes...
el seminarista de los ojos negros.
miércoles, 17 de febrero de 2010
La Tristeza Del Inca - Mp3 - José Santos Chocano
Este era un un inca triste de soñadora frente,
ojos siempre dormidos y sonrisa de hiel,
que recorrió su imperio buscando inútilmente
a una doncella hermosa y enamorada de él.
Por distraer sus penas, el inca dio en guerrero;
puso fin a su tropa en marcha y el broquel requirió;
fue dejando despojos sobre cada sendero,
y las nieves más altas con su sangre manchó.
Tal sus flechas cruzaron invioladas regiones,
en que apenas los ríos se atrevían a entrar;
y tal fue derramando sus heroicas legiones,
de la selva a los Andes, de los Andes al mar.
Fue gastando las flechas que tenía en su aljaba,
una vez y otra, de región en región,
porque cuando salía victorioso lograba
levantar la cabeza, pero no el corazón.
Y cansado de sólo levantar la cabeza,
celebró bailes magnos y banquetes sin fin;
pero no logró nada disipar su tristeza;
ni la sangre del choque, ni el licor del festín.
Nadie entraba en el fondo de su espíritu oculto
ni la sciris de Quito consagradas al culto,
ni del Cuzco tampoco las vestales del Sol.
Fue llamado el más viejo sacerdote:"Adivina
este mal que me aqueja y el remedio del mal"
dijo al gran sacerdote, con voz trémula y fina,
aquel joven monarca displicente y sensual.
"¡Ay! Señor... -dijo el viejo sacerdote- ... tus penas
remediarse no pueden. Tu pasión es mortal.
La mujer que has ideado tiene añil en las venas,
un trigal en los bucles y en la boca un coral.
¡Ay! Señor cierto día vendrán hombres blancos
ha de oírse en los bosques el marcial caracol;
cataratas de sangre colmarán los barrancos;
y entrarán otros dioses en el Templo del Sol.
La mujer que has ideado pertenece a tal raza.
Vanamente las buscas en tu innúmera grey;
y servirte no pueden oración ni amenaza,
porque tiene otra sangre, otro dios y otro rey".
Cuando el rito sagrado le mandó optar esposa,
hizo astillas el cetro con vibrante dolor;
y aquel joven monarca se enterró en una fosa,
y pensando en la rubia fue muriendo de amor.
Castellana, tú ignoras todo el mal que me has hecho.
Castellana: recuerda que nací en el Perú.
La tristeza del inca va llenando mi pecho;
y quién sabe... quién sabe si la rubia eres tú!
La Tristeza del Inca
ojos siempre dormidos y sonrisa de hiel,
que recorrió su imperio buscando inútilmente
a una doncella hermosa y enamorada de él.
Por distraer sus penas, el inca dio en guerrero;
puso fin a su tropa en marcha y el broquel requirió;
fue dejando despojos sobre cada sendero,
y las nieves más altas con su sangre manchó.
Tal sus flechas cruzaron invioladas regiones,
en que apenas los ríos se atrevían a entrar;
y tal fue derramando sus heroicas legiones,
de la selva a los Andes, de los Andes al mar.
Fue gastando las flechas que tenía en su aljaba,
una vez y otra, de región en región,
porque cuando salía victorioso lograba
levantar la cabeza, pero no el corazón.
Y cansado de sólo levantar la cabeza,
celebró bailes magnos y banquetes sin fin;
pero no logró nada disipar su tristeza;
ni la sangre del choque, ni el licor del festín.
Nadie entraba en el fondo de su espíritu oculto
ni la sciris de Quito consagradas al culto,
ni del Cuzco tampoco las vestales del Sol.
Fue llamado el más viejo sacerdote:"Adivina
este mal que me aqueja y el remedio del mal"
dijo al gran sacerdote, con voz trémula y fina,
aquel joven monarca displicente y sensual.
"¡Ay! Señor... -dijo el viejo sacerdote- ... tus penas
remediarse no pueden. Tu pasión es mortal.
La mujer que has ideado tiene añil en las venas,
un trigal en los bucles y en la boca un coral.
¡Ay! Señor cierto día vendrán hombres blancos
ha de oírse en los bosques el marcial caracol;
cataratas de sangre colmarán los barrancos;
y entrarán otros dioses en el Templo del Sol.
La mujer que has ideado pertenece a tal raza.
Vanamente las buscas en tu innúmera grey;
y servirte no pueden oración ni amenaza,
porque tiene otra sangre, otro dios y otro rey".
Cuando el rito sagrado le mandó optar esposa,
hizo astillas el cetro con vibrante dolor;
y aquel joven monarca se enterró en una fosa,
y pensando en la rubia fue muriendo de amor.
Castellana, tú ignoras todo el mal que me has hecho.
Castellana: recuerda que nací en el Perú.
La tristeza del inca va llenando mi pecho;
y quién sabe... quién sabe si la rubia eres tú!
La Tristeza del Inca
lunes, 14 de septiembre de 2009
Puse Mis Cabellos - Anónimo
Poesía Castellana de la Edad Media
Puse mis cabellos
en almoneda;
como no están peinados,
no hay quién los quiera.
Cuando me miraban
unos ojos bellos,
mis rubios cabellos
peinados andaban;
vi que los burlaban
los traidores ojos;
por darles enojos
venderlos quisiera.
Como no están peinados,
no hay quien los quiera.
Un mal caballero
rondó esta ventana;
anduve galana
todo un año entero.
Mudose ligero;
yo, como lo amaba,
mis cabellos daba
a quien más me diera.
Como no están peinados,
no hay quien los quiera.
Daba en alaballos
cuando me quería,
y yo, madre mía,
daba en acaballos;
sentí despreciallos,
descuidéme dellos.
¿Quién vió mis cabellos
que tal creyera?
Como no están peinados,
no hay quién los quiera.
en almoneda;
como no están peinados,
no hay quién los quiera.
Cuando me miraban
unos ojos bellos,
mis rubios cabellos
peinados andaban;
vi que los burlaban
los traidores ojos;
por darles enojos
venderlos quisiera.
Como no están peinados,
no hay quien los quiera.
Un mal caballero
rondó esta ventana;
anduve galana
todo un año entero.
Mudose ligero;
yo, como lo amaba,
mis cabellos daba
a quien más me diera.
Como no están peinados,
no hay quien los quiera.
Daba en alaballos
cuando me quería,
y yo, madre mía,
daba en acaballos;
sentí despreciallos,
descuidéme dellos.
¿Quién vió mis cabellos
que tal creyera?
Como no están peinados,
no hay quién los quiera.
lunes, 6 de julio de 2009
La Duquesa de Job - Manuel Gutiérrez Nájera
En dulce charla de sobremesa,
mientras devoro fresa tras fresa,
y abajo ronca tu perro Bob,
te haré el retrato de la duquesa
que adora a veces el duque Job.
No es la condesa que Villasana
caricatura, ni la poblana
de enagua roja que Prieto amó;
no es la criatura de pies nudosos,
ni la que sueña con los gomosos
y con los galos de Micoló.
Mi duquesita la que me adora,
ni tiene humos de gran señora:
es la griseta de Paul de Kock.
y los placeres del Five o´clock.
Pero ni el sueño de algún poeta,
ni los querubes que vio Jacob,
fueron tan bellos cual la coqueta
de ojitos verdes, rubia griseta,
que adora a veces el duque Job.
Si pisa alfombra, no es en su casa;
si por Plateros alegre pasa
y la saluda Madam Marnat,
no es, sin disputa, porque la vista,
sí porque a casa de otra modista
desde temprano rápido va.
No tiene alhajas mi duquesita;
pero estan guapa, y es tan bonita,
y tiene un cuerpo tan v´lan, tan pschutt;
de tal manera trasciende a Francia
que no la igualan en elegancia
ni las clientas de Hélene Kosut.
Desde las puertas de la Sorpresa
hasta la esquina del Jockey Club
no hay española, yanqui o francesa,
ni más bonita, ni más traviesa
que la duquesa del duque Job.
¡Cómo resuena su taconeo
en las baldosas! ¡Con qué meneo
luce su talle de tentación!
Con qué airecito de aristocracia
mira a los hombres, y con qué gracia
frunce los labios. ¡Mimí Pinsón!
Si alguien la alcanza, si la requiebra,
ella, ligera como una cebra,
sigue camino del almacén;
pero ¡ay del tuno si alarga el brazo!
¡nadie lo salva del sombrillazo
que le descarga sobre la sien!
¡No hay en el mundo mujer más linda!
Pie de andaluza, boca de guinda,
esprit rocíado de Veuve Clicquot;
talle de avispa, cutis de ala,
ojos traviesos de colegiala
como los ojos de Louise Theó!
Agi, nerviosa, blanca, delgada,
gola de encaje, corsé de ¡crac!
media de seda bien estirada,
nariz pequeña, garbosa, cuca,
y palpitante sobre la nuca
rizos tan rubios como el coñac.
Sus ojos verdes bailan el tango;
nada hay más bello que el arremango
provocativo de su nariz.
Por ser tan joven y tan bonita,
cual mi sedosa, blanca gatita,
diera sus pajes la emperatriz.
¡Ah!, tú no has visto, cuando se peina,
sobre sus hombros de rosa reina
caer los rizos en profusión.
¡Tú no has oído qué alegre canta,
mientras sus brazos y su garganta
de fresca espuma cubre el jabón!
¡Y los domingo!... ¡Con qué alegría
oye eb su lecho bullir el día,
y hasta las nueve quieta se está!
¡Cuál se acurruca la perezosa,
bajo la colcha color de rosa,
mientras a misa la criada va!
La brave cofia de blanco encaje
cubre de rizos, el limpio traje
aguarda encima del canapé;
altas, lustrosas y pequeñitas,
sus puntas muestran las dos botitas,
abandonadas del catre al pie.
Después, ligero, del techo brinca.
¡Oh quién la viera cuando se hinca
blanca y esbelta sobre el colchón!
¿Qué valen juntos de tanta gracia
las niñas ricas, la aristocracia,
ni mis amigas de cotillón?
Toco; se viste; me abre; almorzamos;
con apetito los dos tomamos
un par de huevos y un buen bistec,
media botella de rico vino,
y en coche juntos, vamos camino
del pintoresco Chapulteopec.
*******************************
*******************************
Desde las puertas de la Sorpresa
hasta la esquina del Jockey Club,
no hay española, yanqui o francesa,
ni más bonita ni más traviesa
que la duquesa del duque Job.
mientras devoro fresa tras fresa,
y abajo ronca tu perro Bob,
te haré el retrato de la duquesa
que adora a veces el duque Job.
No es la condesa que Villasana
caricatura, ni la poblana
de enagua roja que Prieto amó;
no es la criatura de pies nudosos,
ni la que sueña con los gomosos
y con los galos de Micoló.
Mi duquesita la que me adora,
ni tiene humos de gran señora:
es la griseta de Paul de Kock.
No baila Boston, y desconoce
de las carreras el alto gocey los placeres del Five o´clock.
Pero ni el sueño de algún poeta,
ni los querubes que vio Jacob,
fueron tan bellos cual la coqueta
de ojitos verdes, rubia griseta,
que adora a veces el duque Job.
Si pisa alfombra, no es en su casa;
si por Plateros alegre pasa
y la saluda Madam Marnat,
no es, sin disputa, porque la vista,
sí porque a casa de otra modista
desde temprano rápido va.
No tiene alhajas mi duquesita;
pero estan guapa, y es tan bonita,
y tiene un cuerpo tan v´lan, tan pschutt;
de tal manera trasciende a Francia
que no la igualan en elegancia
ni las clientas de Hélene Kosut.
Desde las puertas de la Sorpresa
hasta la esquina del Jockey Club
no hay española, yanqui o francesa,
ni más bonita, ni más traviesa
que la duquesa del duque Job.
¡Cómo resuena su taconeo
en las baldosas! ¡Con qué meneo
luce su talle de tentación!
Con qué airecito de aristocracia
mira a los hombres, y con qué gracia
frunce los labios. ¡Mimí Pinsón!
Si alguien la alcanza, si la requiebra,
ella, ligera como una cebra,
sigue camino del almacén;
pero ¡ay del tuno si alarga el brazo!
¡nadie lo salva del sombrillazo
que le descarga sobre la sien!
¡No hay en el mundo mujer más linda!
Pie de andaluza, boca de guinda,
esprit rocíado de Veuve Clicquot;
talle de avispa, cutis de ala,
ojos traviesos de colegiala
como los ojos de Louise Theó!
Agi, nerviosa, blanca, delgada,
gola de encaje, corsé de ¡crac!
media de seda bien estirada,
nariz pequeña, garbosa, cuca,
y palpitante sobre la nuca
rizos tan rubios como el coñac.
Sus ojos verdes bailan el tango;
nada hay más bello que el arremango
provocativo de su nariz.
Por ser tan joven y tan bonita,
cual mi sedosa, blanca gatita,
diera sus pajes la emperatriz.
¡Ah!, tú no has visto, cuando se peina,
sobre sus hombros de rosa reina
caer los rizos en profusión.
¡Tú no has oído qué alegre canta,
mientras sus brazos y su garganta
de fresca espuma cubre el jabón!
¡Y los domingo!... ¡Con qué alegría
oye eb su lecho bullir el día,
y hasta las nueve quieta se está!
¡Cuál se acurruca la perezosa,
bajo la colcha color de rosa,
mientras a misa la criada va!
La brave cofia de blanco encaje
cubre de rizos, el limpio traje
aguarda encima del canapé;
altas, lustrosas y pequeñitas,
sus puntas muestran las dos botitas,
abandonadas del catre al pie.
Después, ligero, del techo brinca.
¡Oh quién la viera cuando se hinca
blanca y esbelta sobre el colchón!
¿Qué valen juntos de tanta gracia
las niñas ricas, la aristocracia,
ni mis amigas de cotillón?
Toco; se viste; me abre; almorzamos;
con apetito los dos tomamos
un par de huevos y un buen bistec,
media botella de rico vino,
y en coche juntos, vamos camino
del pintoresco Chapulteopec.
*******************************
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Desde las puertas de la Sorpresa
hasta la esquina del Jockey Club,
no hay española, yanqui o francesa,
ni más bonita ni más traviesa
que la duquesa del duque Job.
martes, 30 de junio de 2009
A Una Ramera - Antonio Plaza
I
Mujer preciosa para el bien nacida,
mujer preciosa por mi mal hallada,
perla del solio del Señor caída
y en albañal inmundo sepultada;
cándida rosa en el Edén crecida
y por muchas manos infames deshojadas;
cisne de cuello alabastrino y blando
en indecente bacanal cantando.
II
Objeto vil de mi pasión sublime,
ramera infame a quien el alma adora
¿Por qué ese Dios ha colocado, dime,
el candor en tu faz engañadora?
¿Por qué el reflojo desu gloria imprime
en tu dulce mirar? ¿Por qué atesora
hechizos mil en tu redondo seno,
si hay en tu corazón lado y veneno?
III
Copa de bedición de llanto llena,
do el crimen su ponzoña ha derramado;
ángel que el cielo abandonó sin pena,
y en brazos del demonio se ha entregado;
mujer más pura que la luz serena,
más negra que la sombra del pecado,
oye y perdona si al cantarte lloro,
porque, ángel o demonio, yo te adoro.
IV
Por la senda del mundo yo vagaba
indiferente en medio de los seres;
de la virtud y el vicio me burlaba;
me reí del amor de las mujeres,
que amar a una mujer nunca pensaba;
y hastiado de pesares y placeres
siempre vivió con el amor en guerra
mi ya cansado corazón de tierra.
V
Pero te vi... te vi... ¡Maldita hora
en que te vi, mujer! Dejaste herida
mi alma que te adora, como adora
el alma que de un llanto está nutrida;
horrible sufrimiento me devora,
que hiciste la desgracia de mi vida
mas dolor tan intenso, tan profundo,
no lo cambio, mujer, por todo un mundo.
VI
¿Eres demonio que arrojó el infierno
para abrirse una herida mal cerrada?
¿Eres el ángel que mandó el Eterno
a velar mi existencia infortunada?
¿Este amor, tan ardiente, tan interno,
me enaltece, mujer, o me degrada?
No lo sé... no lo sé... yo pierdo el juicio.
¿Eres el vicio tú?... ¡Adoro el vicio!
VII
¡Amame tú también! Seré tu esclavo,
tu pobre perro que doquier te siga;
seré feliz si con mi sangre lavo
tu huella, aunque al seguirme me persoga
ridículo y deshonra; al cabo , al cabo,
nada me importa tu manchada historia
ai a través de tus ojos veo la gloria.
VIII
Yo mendigo, mujer, tú ramera,
descalzos por el mundo marcharemos;
que el mundo nos desprecie cuanto quiera,
en nuestro amor un mundo encontraremos;
y si horrible miseria nos espera,
ni de un rey por el trono la daremos,
que cubiertos de andrajos asquerosas,
dos corazones latirán dichosos.
IX
Un calvario maldito hallé en la vida
en el que mis creencias expiraron,
y al abrirme los hombros una herida,
de odio profundo el alma llenaron;
por eso el alma de rencor henchida
odia lo que ellos aman, lo que amaron,
y a ti sola, mujer, a ti yo te entrego
todo ese amor que a los mortales niego.
X
Porque nací, mujer, para adorarte
y la vida sin ti me es fastidiosa,
que mi único placer es complacerte.
Aunque tú halles mi pasióm odiosa,
yo, nunca, nunca, dejaré de amarte.
Ojalá que tuviera alguna cosa
más que la vida y el honor más cara
y por ti sin violencia la inmolara.
XI
Sólo tengo una madre, ¡me ama tanto!
sus pechos mi niñez amamantaron,
y mi sed apagó su tierno llanto
y sus vigilias hombre me formaron;
a ese ángel para mí tan santo,
última fe de creencias que pasaron,
a ese ángel de bondad, ¡quién lo creyera!
¡olvido por tu amor... loca ramera!
XII
Sé que tu amor no me dará placeres
sé que burlas mis grandes savrificios;
eres tú la más vil de las mujeres;
conozco tu malda, tus artificios;
pero te amo, mujer, te amo como eres;
amo tu perversión, amo tus vicios;
y aunque maldigo el fuego en que me inflamo,
mientras más vil te encuentro más te amo.
XIII
Quiero besar tu planta a cada instante,
morir contigo de placer beodo;
porque es tuya mi mente delirante,
hoy me siento por ti capaz de todo;
por ti seré mi corazón do imperas;
virtuoso, criminal, lo que tú quieras.
XIV
Yo me siento con fuerza muy sobrada,
y hasta un niño me vence sin empeño.
¿Soy águila que duerme encadenada
o vil gusano que titán me sueño?
Yo no sé si soy mucho o no soy nada;
si soy átomo grande o dios pequeño;
pero gusano o dios, débil o fuerte,
sólo sé que soy tuyo hasta la muerte.
XV
No me importa lo que eres, lo que has sido,
porque en vez de razón para juzgarte,
yo sólo tengo de ternura henchido
gigante corazón para adorarte.
Seré tu redención, seré tu olvido,
y de ese fango vil vendré a sacarte,
que si los vicios en tu ser se imprimen
mi pasión es más grande que tu crimen.
XVI
Es tu amor nada más lo que ambiciono,
con tu imagen soñando me desvelo,
de tu voz con el eco me emociono;
y por darte la dicha que yo anhelo
si fuera rey te regalara un trono,
si fuera Dios, te regalara el cielo;
y si Dios de ese Dios tan grande fuera,
me arrojara a tus plantas, ¡vil ramera!
Mujer preciosa para el bien nacida,
mujer preciosa por mi mal hallada,
perla del solio del Señor caída
y en albañal inmundo sepultada;
cándida rosa en el Edén crecida
y por muchas manos infames deshojadas;
cisne de cuello alabastrino y blando
en indecente bacanal cantando.
II
Objeto vil de mi pasión sublime,
ramera infame a quien el alma adora
¿Por qué ese Dios ha colocado, dime,
el candor en tu faz engañadora?
¿Por qué el reflojo desu gloria imprime
en tu dulce mirar? ¿Por qué atesora
hechizos mil en tu redondo seno,
si hay en tu corazón lado y veneno?
III
Copa de bedición de llanto llena,
do el crimen su ponzoña ha derramado;
ángel que el cielo abandonó sin pena,
y en brazos del demonio se ha entregado;
mujer más pura que la luz serena,
más negra que la sombra del pecado,
oye y perdona si al cantarte lloro,
porque, ángel o demonio, yo te adoro.
IV
Por la senda del mundo yo vagaba
indiferente en medio de los seres;
de la virtud y el vicio me burlaba;
me reí del amor de las mujeres,
que amar a una mujer nunca pensaba;
y hastiado de pesares y placeres
siempre vivió con el amor en guerra
mi ya cansado corazón de tierra.
V
Pero te vi... te vi... ¡Maldita hora
en que te vi, mujer! Dejaste herida
mi alma que te adora, como adora
el alma que de un llanto está nutrida;
horrible sufrimiento me devora,
que hiciste la desgracia de mi vida
mas dolor tan intenso, tan profundo,
no lo cambio, mujer, por todo un mundo.
VI
¿Eres demonio que arrojó el infierno
para abrirse una herida mal cerrada?
¿Eres el ángel que mandó el Eterno
a velar mi existencia infortunada?
¿Este amor, tan ardiente, tan interno,
me enaltece, mujer, o me degrada?
No lo sé... no lo sé... yo pierdo el juicio.
¿Eres el vicio tú?... ¡Adoro el vicio!
VII
¡Amame tú también! Seré tu esclavo,
tu pobre perro que doquier te siga;
seré feliz si con mi sangre lavo
tu huella, aunque al seguirme me persoga
ridículo y deshonra; al cabo , al cabo,
nada me importa tu manchada historia
ai a través de tus ojos veo la gloria.
VIII
Yo mendigo, mujer, tú ramera,
descalzos por el mundo marcharemos;
que el mundo nos desprecie cuanto quiera,
en nuestro amor un mundo encontraremos;
y si horrible miseria nos espera,
ni de un rey por el trono la daremos,
que cubiertos de andrajos asquerosas,
dos corazones latirán dichosos.
IX
Un calvario maldito hallé en la vida
en el que mis creencias expiraron,
y al abrirme los hombros una herida,
de odio profundo el alma llenaron;
por eso el alma de rencor henchida
odia lo que ellos aman, lo que amaron,
y a ti sola, mujer, a ti yo te entrego
todo ese amor que a los mortales niego.
X
Porque nací, mujer, para adorarte
y la vida sin ti me es fastidiosa,
que mi único placer es complacerte.
Aunque tú halles mi pasióm odiosa,
yo, nunca, nunca, dejaré de amarte.
Ojalá que tuviera alguna cosa
más que la vida y el honor más cara
y por ti sin violencia la inmolara.
XI
Sólo tengo una madre, ¡me ama tanto!
sus pechos mi niñez amamantaron,
y mi sed apagó su tierno llanto
y sus vigilias hombre me formaron;
a ese ángel para mí tan santo,
última fe de creencias que pasaron,
a ese ángel de bondad, ¡quién lo creyera!
¡olvido por tu amor... loca ramera!
XII
Sé que tu amor no me dará placeres
sé que burlas mis grandes savrificios;
eres tú la más vil de las mujeres;
conozco tu malda, tus artificios;
pero te amo, mujer, te amo como eres;
amo tu perversión, amo tus vicios;
y aunque maldigo el fuego en que me inflamo,
mientras más vil te encuentro más te amo.
XIII
Quiero besar tu planta a cada instante,
morir contigo de placer beodo;
porque es tuya mi mente delirante,
hoy me siento por ti capaz de todo;
por ti seré mi corazón do imperas;
virtuoso, criminal, lo que tú quieras.
XIV
Yo me siento con fuerza muy sobrada,
y hasta un niño me vence sin empeño.
¿Soy águila que duerme encadenada
o vil gusano que titán me sueño?
Yo no sé si soy mucho o no soy nada;
si soy átomo grande o dios pequeño;
pero gusano o dios, débil o fuerte,
sólo sé que soy tuyo hasta la muerte.
XV
No me importa lo que eres, lo que has sido,
porque en vez de razón para juzgarte,
yo sólo tengo de ternura henchido
gigante corazón para adorarte.
Seré tu redención, seré tu olvido,
y de ese fango vil vendré a sacarte,
que si los vicios en tu ser se imprimen
mi pasión es más grande que tu crimen.
XVI
Es tu amor nada más lo que ambiciono,
con tu imagen soñando me desvelo,
de tu voz con el eco me emociono;
y por darte la dicha que yo anhelo
si fuera rey te regalara un trono,
si fuera Dios, te regalara el cielo;
y si Dios de ese Dios tan grande fuera,
me arrojara a tus plantas, ¡vil ramera!
domingo, 14 de junio de 2009
El Idilio de Quétzal y Huistzel - Francisco de Terrazas
De blandos ejercicios fatigados,
que el día todo se pasaba en esto,
al dulce sueño entreambos entregados
y en brazos cada cuál del otro puesto,
fuimos súbitamente salteados
con un ruido temeroso y presto,
al tiempo que a la lumbre venidera
dejaban las estrellas la carrera.
Y no esperando a ver qué cosa fuese,
prestísimos salté del lecho a oscuras;
a Quétzal recordé que me siguiese
metida por cerradas espesuras,
hasta que claramente se entendiese
la causa del rumor; y a penas duras
despierta estuvo, cuando yo sin tino
mostrándole iba incierto mi camino.
Siguiendo un resplandor de luz escaso
por una estrecha senda mal abierta,
mi bien iba esperando paso a paso
sin ver que del temor va medio muerta;
falta la fuerza del desmayado paso,
ya ni a mi rastro ni a la senda acierta;
de vista finalmente nos perdimos,
de suerte que hallarnos no pudimos.
Puesto encima de un árbol, divisaba
el fuego de las casas encendidas;
los llantos y las quejas escuchaba
de míseras mujeres doloridas:
una espantosa grita resonaba
de voces muy feroces no entendidas,
que sólo yo juzgaba que serían
tus largas manos que tras mí vendría...*
... Acaso me halló un vecino mío
que el pueblo andaba a voces convocando,
diciendo que acudiésemos al río
por do una nueva gente iba bajando,
de quien robadas con violento brío
muchas personas nuestras van llorando:
y entre otras que llevar vio maniatadas,
mi Quétzal y su hija era nombradas.
No como yo con tal presteza párte
ciervo que sin sentido el curso aprieta
cuando en segura y sosegada parte
herido siente la mortal saeta:
ni cuando por el cielo de tal arte
correr se ha visto la veloz cometa,
que al ver de mi desdicha el caso cierto
con miedo y con amor volaba muerto.
Y a una legua o poco más andaba
hallé los robadores y robados:
vide una gente blanca, muy barbada,
soberbios y de limpio hierro armados;
vi la cautiva presa, en medio atada,
de sus alhajas míseras cargados,
al uso y voluntad de aquellos malos
que aguijando los van a duros palos...
... Cual tórtola tal vez dejó medrosa
el chico pollo que cebando estaba
por ver subir al árbol la escamosa
culebra que a su nido se acercaba,
y vuelta vio la fiera ponzoñosa
comerle el hijo encarnizada y brava:
bate las alas, chilla, y vuela en vano
cercando el árbol de una u otra mano;
así yo sin remedio, congojado
de ver mi bien en cautiverio puesto,
llegaba al escuadrón desatinado
clamando en vano y revolviendo presto;
de suerte que seguido y esperado
detuve un rato al robador molesto
que vuelto atento, con piedad, sin ira,
del nuevo caso con razón se admira.
Mas como ni salvarla peleando
pudiese, ni morir en su presencia,
tal vez al enemigo amenazando,
tal vez pidiendo humilde su clemencia,
sin otro efecto los seguí luchando
con el dolor rabioso y la paciencia,
hasta llegar al río do se entraban
en casa de madera que nadaban.
Pues la cuita de Quétzal, que meterse
en una veo y del todo ya dejarme,
arrastrando tentaba defenderse
y a gritos no dejaba de llamarme;
del mismo robador quería valerse
pidiéndole lugar para hablarme:
-"Siquiera aqueste bien se me conceda
(le dice), que hablar a Huítzel pueda.
Volviendo a mí, y en llanto derretida,
-"Huítzel (me dijo), pues mi dura suerte
y sin que pueda ser de ti valida
me lleva do jamás espero verte,
recibe en la penada despedida
el resto de las prendas de quererte,
y aquesta fe postrera que te envío
con cuanta fuerza tiene el amor mío.
"Que quien por ti la patria y el sosiego,
el padre, el reno y el honor pospuso,
y puesta en manos amoroso y dulce fuego
seguirte peregrina se dispuso,
ni en muerte ni en prisión el nudo ciego
que Amor al corazón cuitado puso
podrá quitar jamás, sin ser quitada
el alma presa a la mortal morada.
"Si voy para vivir puesta en servicio,
tenerme ha tu memoria compañía,
y en un continuo y solitario oficio
llorando pasaré la noche y día;
mas si muriendo en tan triste sacrificio
Fortuna abrevia la desdichas mía,
adonde esté vendré, no tengo duda,
espíritu desnudo y sombra muda."
Díjele: -"No podrá, yo te prometo,
apartarnos el hado triste y duro:
héme entregado aquí, héme sujeto
al fin incierto de mi mal futuro!"
Diciendo aquesto, púselo en efecto
con paso largo y corazón seguro,
metiéndome en poder, luego a la hora,
de aquel nuevo señor de mi señora.
Hice los nuevos hombres admirados
y a todos los amigos afligidos,
no tanto de su daño lastimados
cuanto del mío propio condolidos;
finalmente quedamos embarcados
y entre los robadores repartidos,
junto con el despojo que tomaron
do más volumen que valor hallaron.
Cuando su pregunta y su malicia,
su gran soberbia, su mandar airado,
su mucha crueldad, poca justicia,
y aquel desprecio de haber robado;
sus rigurosos modos, su codicia,
y el deshonesto vicio libertado:
que todo se pagó en muy pocos días
con gran venganza por diversas vías.
Que dende a poco tiempo nos libramos
por un dichoso caso que tuvimos,
en que a la mar las guardas arrojamos
y con la casa de agua al través dimos
a la cercana costa, do saltamos
y por la tierra adentro nos metimos,
tomando yo de nuevo mi camino
con Quétzal solo, incierto y peregrino..."
que el día todo se pasaba en esto,
al dulce sueño entreambos entregados
y en brazos cada cuál del otro puesto,
fuimos súbitamente salteados
con un ruido temeroso y presto,
al tiempo que a la lumbre venidera
dejaban las estrellas la carrera.
Y no esperando a ver qué cosa fuese,
prestísimos salté del lecho a oscuras;
a Quétzal recordé que me siguiese
metida por cerradas espesuras,
hasta que claramente se entendiese
la causa del rumor; y a penas duras
despierta estuvo, cuando yo sin tino
mostrándole iba incierto mi camino.
Siguiendo un resplandor de luz escaso
por una estrecha senda mal abierta,
mi bien iba esperando paso a paso
sin ver que del temor va medio muerta;
falta la fuerza del desmayado paso,
ya ni a mi rastro ni a la senda acierta;
de vista finalmente nos perdimos,
de suerte que hallarnos no pudimos.
Puesto encima de un árbol, divisaba
el fuego de las casas encendidas;
los llantos y las quejas escuchaba
de míseras mujeres doloridas:
una espantosa grita resonaba
de voces muy feroces no entendidas,
que sólo yo juzgaba que serían
tus largas manos que tras mí vendría...*
... Acaso me halló un vecino mío
que el pueblo andaba a voces convocando,
diciendo que acudiésemos al río
por do una nueva gente iba bajando,
de quien robadas con violento brío
muchas personas nuestras van llorando:
y entre otras que llevar vio maniatadas,
mi Quétzal y su hija era nombradas.
No como yo con tal presteza párte
ciervo que sin sentido el curso aprieta
cuando en segura y sosegada parte
herido siente la mortal saeta:
ni cuando por el cielo de tal arte
correr se ha visto la veloz cometa,
que al ver de mi desdicha el caso cierto
con miedo y con amor volaba muerto.
Y a una legua o poco más andaba
hallé los robadores y robados:
vide una gente blanca, muy barbada,
soberbios y de limpio hierro armados;
vi la cautiva presa, en medio atada,
de sus alhajas míseras cargados,
al uso y voluntad de aquellos malos
que aguijando los van a duros palos...
... Cual tórtola tal vez dejó medrosa
el chico pollo que cebando estaba
por ver subir al árbol la escamosa
culebra que a su nido se acercaba,
y vuelta vio la fiera ponzoñosa
comerle el hijo encarnizada y brava:
bate las alas, chilla, y vuela en vano
cercando el árbol de una u otra mano;
así yo sin remedio, congojado
de ver mi bien en cautiverio puesto,
llegaba al escuadrón desatinado
clamando en vano y revolviendo presto;
de suerte que seguido y esperado
detuve un rato al robador molesto
que vuelto atento, con piedad, sin ira,
del nuevo caso con razón se admira.
Mas como ni salvarla peleando
pudiese, ni morir en su presencia,
tal vez al enemigo amenazando,
tal vez pidiendo humilde su clemencia,
sin otro efecto los seguí luchando
con el dolor rabioso y la paciencia,
hasta llegar al río do se entraban
en casa de madera que nadaban.
Pues la cuita de Quétzal, que meterse
en una veo y del todo ya dejarme,
arrastrando tentaba defenderse
y a gritos no dejaba de llamarme;
del mismo robador quería valerse
pidiéndole lugar para hablarme:
-"Siquiera aqueste bien se me conceda
(le dice), que hablar a Huítzel pueda.
Volviendo a mí, y en llanto derretida,
-"Huítzel (me dijo), pues mi dura suerte
y sin que pueda ser de ti valida
me lleva do jamás espero verte,
recibe en la penada despedida
el resto de las prendas de quererte,
y aquesta fe postrera que te envío
con cuanta fuerza tiene el amor mío.
"Que quien por ti la patria y el sosiego,
el padre, el reno y el honor pospuso,
y puesta en manos amoroso y dulce fuego
seguirte peregrina se dispuso,
ni en muerte ni en prisión el nudo ciego
que Amor al corazón cuitado puso
podrá quitar jamás, sin ser quitada
el alma presa a la mortal morada.
"Si voy para vivir puesta en servicio,
tenerme ha tu memoria compañía,
y en un continuo y solitario oficio
llorando pasaré la noche y día;
mas si muriendo en tan triste sacrificio
Fortuna abrevia la desdichas mía,
adonde esté vendré, no tengo duda,
espíritu desnudo y sombra muda."
Díjele: -"No podrá, yo te prometo,
apartarnos el hado triste y duro:
héme entregado aquí, héme sujeto
al fin incierto de mi mal futuro!"
Diciendo aquesto, púselo en efecto
con paso largo y corazón seguro,
metiéndome en poder, luego a la hora,
de aquel nuevo señor de mi señora.
Hice los nuevos hombres admirados
y a todos los amigos afligidos,
no tanto de su daño lastimados
cuanto del mío propio condolidos;
finalmente quedamos embarcados
y entre los robadores repartidos,
junto con el despojo que tomaron
do más volumen que valor hallaron.
Cuando su pregunta y su malicia,
su gran soberbia, su mandar airado,
su mucha crueldad, poca justicia,
y aquel desprecio de haber robado;
sus rigurosos modos, su codicia,
y el deshonesto vicio libertado:
que todo se pagó en muy pocos días
con gran venganza por diversas vías.
Que dende a poco tiempo nos libramos
por un dichoso caso que tuvimos,
en que a la mar las guardas arrojamos
y con la casa de agua al través dimos
a la cercana costa, do saltamos
y por la tierra adentro nos metimos,
tomando yo de nuevo mi camino
con Quétzal solo, incierto y peregrino..."
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