miércoles, 3 de marzo de 2010

Rima LXXV - Gustavo Adolfo Bécquer

LXXV

¿Será verdad que cuando toca el sueño
con sus dedos de rosa nuestros ojos,
de la cárcel que habita huye el espíritu
en vuelo presuroso?

¿Será verdad que, huésped de las tinieblas,
de la brisa nocturna al tenue soplo.
alado sube a la región vacía
a encontrarse con otros?

¿Allí, desnudo de la forma humana,
allí, los lazos terrenales rotos,
breves horas habita de la idea
el mundo silencioso?

¿Y ríe y llora, y aborrece y ama,
y guarda un rastro del dolor y el gozo,
semejante que deja cuando cruza
el cielo un meteoro?

¡Yo no sé si ese mundo de visiones
vive fuera o va dentro de nosotros;
Pero sé que conozco a muchas gentes
A quien no conozco!

domingo, 21 de febrero de 2010

El Seminarista de los Ojos Negros - Ramos Carrión, Miguel

I
Desde la ventana de un casucho viejo
abierto en verano, cerrado en invierno
por vidrios verdoso y plomos espesos
una salmantina de rubios cabellos
y ojos que parecen pedazos de cielo,
mientras la costura mezcla con el rezo,
ve todas la tarde pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.

Baja la cabeza, sin erguir el cuerpo,
marchan en dos filas pausados y austeros,
sin más nota alegre sobre el traje negro
que la beca roja que ciñe su cuello.

II

Un seminarista, entre todos ellos,
marcha siempre erguido, con aire resuelto.
La negra sotana dibujaba su cuerpo
gallardo y airoso, flexible y esbelto.
El solo, a hurtadillas, y con el recelo
de que sus miradas observen los clérigos,
desde que en la calle vislumbra a lo lejos
a la salmantina de rubios cabellos
la mira muy fijo, con mirar intenso.
Y siempre que pasa le deja el recuerdo
de aquella mirada de sus ojos negros.

III

Monótono y tarde va pasando el tiempo
y muere el estío y el otoño luego,
y vienen las tardes plomizas de invierno.
Desde una ventana del casucho viejo,
siempre sola y triste, rezando y cosiendo,
una salmantina de rubios cabellos
ve todas las tardes pasar en silencio
los seminaristas que van de paseo.
Pero no ve a todos; ve sólo a uno de ellos,
el seminarista de los ojos negros.

IV

Cada vez que pasa gallardo y esbelto,
observa la niña que pide aquel cuerpo
en vez de sotanas, marciales arreos.

Cuando en ella fija sus ojos abiertos
con vivas y audaces miradas de fuego,
parece decirla -¡Te quiero! ¡Te quiero!
¡Yo no he de ser cura! ¡Yo no puedo serlo!
¡Si yo no soy tuyo, me muero, me muero!
A la niña entonces se le oprime el pecho,
la labor suspende, y olvida los rezos,
y ya vive sólo en sus pensamientos,
el seminarista de los ojos negros.

V

En una lluviosa mañana de invierno
la niña que alegre saltaba del lecho,
oyó tristes cánticos y fúnebres rezos:
por la angosta calle pasaba un entierro.

Un seminarista sin duda era el muerto,
pues cuatro llevaban en hombros el féretro,
con la beca roja encima cubierto,
y sobre la beca el bonete negro.
Con sus voces roncas cantaban los clérigos;
los seminaristas iban en silencio
siempre en las dos filas hacia el cementerio,
como por las tardes al ir de paseo.

La niña angustiada miraba el cortejo:
los conoce a todos a fuerza de verlos...
Sólo uno, uno solo faltaba entre ellos,
el seminarista de los ojos negros.

VI

Corriendo los años, pasó mucho tiempo.
Y allá en la ventana del casucho viejo,
una pobre anciana de blancos cabellos,
con la tez rugosa y encorvado el cuerpo,
mientras la costura mezcla con los rezos
recuerda, recuerda, triste por las tardes...
el seminarista de los ojos negros.

miércoles, 17 de febrero de 2010

La Tristeza Del Inca - Mp3 - José Santos Chocano

Este era un un inca triste de soñadora frente,
ojos siempre dormidos y sonrisa de hiel,
que recorrió su imperio buscando inútilmente
a una doncella hermosa y enamorada de él.
Por distraer sus penas, el inca dio en guerrero;
puso fin a su tropa en marcha y el broquel requirió;
fue dejando despojos sobre cada sendero,
y las nieves más altas con su sangre manchó.
Tal sus flechas cruzaron invioladas regiones,
en que apenas los ríos se atrevían a entrar;
y tal fue derramando sus heroicas legiones,
de la selva a los Andes, de los Andes al mar.
Fue gastando las flechas que tenía en su aljaba,
una vez y otra, de región en región,
porque cuando salía victorioso lograba
levantar la cabeza, pero no el corazón.
Y cansado de sólo levantar la cabeza,
celebró bailes magnos y banquetes sin fin;
pero no logró nada disipar su tristeza;
ni la sangre del choque, ni el licor del festín.
Nadie entraba en el fondo de su espíritu oculto
ni la sciris de Quito consagradas al culto,
ni del Cuzco tampoco las vestales del Sol.

Fue llamado el más viejo sacerdote:"Adivina
este mal que me aqueja y el remedio del mal"
dijo al gran sacerdote, con voz trémula y fina,
aquel joven monarca displicente y sensual.

"¡Ay! Señor... -dijo el viejo sacerdote- ... tus penas
remediarse no pueden. Tu pasión es mortal.
La mujer que has ideado tiene añil en las venas,
un trigal en los bucles y en la boca un coral.
¡Ay! Señor cierto día vendrán hombres blancos
ha de oírse en los bosques el marcial caracol;
cataratas de sangre colmarán los barrancos;
y entrarán otros dioses en el Templo del Sol.
La mujer que has ideado pertenece a tal raza.
Vanamente las buscas en tu innúmera grey;
y servirte no pueden oración ni amenaza,
porque tiene otra sangre, otro dios y otro rey".

Cuando el rito sagrado le mandó optar esposa,
hizo astillas el cetro con vibrante dolor;
y aquel joven monarca se enterró en una fosa,
y pensando en la rubia fue muriendo de amor.

Castellana, tú ignoras todo el mal que me has hecho.
Castellana: recuerda que nací en el Perú.

La tristeza del inca va llenando mi pecho;
y quién sabe... quién sabe si la rubia eres tú!

La Tristeza del Inca

martes, 15 de septiembre de 2009

A Hidalgo - Salvador Díaz Mirón

México, patria augusta,
patria querida a cuyo nombre santo
entre sonrisas por el labio asoma
el alma noble para darle un canto.
Un canto heroico que en los aires vibre
y a cuyo acento el entusiasmo ruede
por la ancha frente de mi patria libre.
Un canto heroico que al rumor del viento,
soberbio alzando sus tronantes alas,
lleve a la Europa, que sin fuerzas duerme
bajo las leyes que sanciona el crimen,
la voz de libertad: es la esperanza
de los atados ante el solio gimen,
de los que humillan sin pudor frente
al mandato feroz de un soberano
que yergue altivo la cerviz triunfante
y a cuyos pies la multitud se arrastra
al crujido de un látigo infamante.

Alza, patria, tu grito de victoria,
y con los fuegos de tu exceso anhelo
a la memoria de tus muertos héroes
levanta un pedestal que llergue al cielo.
Y al elevar su frente de granito
al eco de mil épicos cantares,
a la luz inmortal de lo infinito,
como una tempestad sobre los mares
truene en el mundo liberal tu grito.
Grito de redención y de heroísmo
que altivo cruza la región suprema,
que con la fuerza de gigantes brazos
desgarra el manto y la imperial diadema
y el ropaje talar hace pedazos.
Y en tanto que abre en tenebroso seno
al feudalismo ignominiosa tumba,
le presta al genio infatigable vuelo
para elevarse a la región del cielo.

La voz de libertad vibró en Dolores.
Hidalgo noble arrojó a los vientos,
veló la tarde sus brillantes galas
y en ronco son que estremeció la tierra,
como huracán de tempestuosas alas
tronó en los aires el clamor de guerra.

A su acento supremo
reunióse el pueblo listo a la pelea,
y a su inmortal caudillo vitoreando,
al resplandor de ensangrentada tea,
la muerte marcha a recibir cantando.

Con sangre enrojecida
la altiva frente que acaricia el aura,
marcha Hidalgo al combate,
y sediento de gloria y de venganza
anima a sus soldados con voz fuerte,
y en medio de ellos a lidiar se avanza.
Y mientras silba en su redor la muerte
entona una plegaria a la esperanza.

Y así como rugiente catarata
que en tumba inmensa de granito se hunde
y que sus trenzas de rumor desata
bordando el aire con las blancas perlas
de su diadema de luciente plata;
así el heroico pueblo
que triste dormitaba entre cadenas
precipitóse por los anchos valles
y plantó su estandarte en sus arenas.

Al crujir de las armas
la ibera gente en impedir se ensaña
el vuelo de las liebres bandoleras,
un mar de sangre las praderas baña
y va a estrellar sus encrespadas olas
clamando ¡guerra! en la cerviz de España.

Como endebles espigas
las frentes rotas por el polvo ruedan,
y el sol que mira la sangrienta tierra,
con el sublime idioma de sus rayos
va por ocasos murmurando ¡guerra!

Bien pronto ante el altar de la barbarie
y castigado por el romper el yugo,
el noble Hidalgo al exhalar la vida
deja sin honras al español verdugo.
Veló la muerte su soberbia frente.

al hurra inmundo del ibero bando,
y ante ignominia tanta, el sol naciente
sus crines de oro sacudió temblando
y herido de terror huyó a occidente.

El ancho mar se estremeció en su lecho
y como inmensa tempestad que sube
rugiente en lontananza,
al estrellar sus olas contra el cielo
con voz de trueno retumbó: ¡Venganza!

La tierra estremecida
entre mil grietas que la sangre beben
vibró su voz atronadora luego
al desatar de sus oscuros antros
temblando de ira un huracán de fuego.
Murió el caudillo... De su tumba fría
la libertad se levantó triunfante
bañando en flores a la patria mía,
cual baña el sol en el tranquilo Atlante
su ala de auroras al nacer el día.

Murió el caudillo... Más dejó su gloria
eterna cual la luz de su victoria
que hundiera el centro colonial y el dolo;
luz de recuerdos que en mi patria brilla
como los halos en el ancho polo.

Hidalgo, noble mártir,
tú que diste la vida en el calvario
por darle libertad a tus hermanos;
si es que puedes dejando tu sudario
de lágrimas y gloria
volver un punto al mundo,
ven a oír cómo cantan tu victoria
y a contemplar con júbilo profundo.

el pedestal que a tu memoria santa
el pueblo libre, que tu nombre adora,
lleno de inmensa gratitud levanta.
Genio de libertad, sombra de un mundo
que el blanco sol de recuerdos baña,
cima de gloria de mi patria libre,
tumba sangrienta del poder de España.

¡Noche de redención, detén tus alas
bordadas con la luz de mil recuerdos
y sé de nuestro júbilo testigo,
mientras pulsando mi salterio rudo
con la estrofa de mi alma te bendigo,
con el alma en los labios te saludo!

El Siglo Diez y Nueve, 22 Sept. 1874

lunes, 14 de septiembre de 2009

Puse Mis Cabellos - Anónimo

Poesía Castellana de la Edad Media

Puse mis cabellos
en almoneda;
como no están peinados,
no hay quién los quiera.

Cuando me miraban
unos ojos bellos,
mis rubios cabellos
peinados andaban;
vi que los burlaban
los traidores ojos;
por darles enojos
venderlos quisiera.
Como no están peinados,
no hay quien los quiera.

Un mal caballero
rondó esta ventana;
anduve galana
todo un año entero.
Mudose ligero;
yo, como lo amaba,
mis cabellos daba
a quien más me diera.
Como no están peinados,
no hay quien los quiera.

Daba en alaballos
cuando me quería,
y yo, madre mía,
daba en acaballos;
sentí despreciallos,
descuidéme dellos.
¿Quién vió mis cabellos
que tal creyera?
Como no están peinados,
no hay quién los quiera.

sábado, 12 de septiembre de 2009

Miserere - Domingo Gómez Rojas


L
a juventud, amor, lo que se quiere,
ha de irse con nosotros: Miserere!
La belleza del mundo y lo que fuere
morirá en el futuro: Miserere!
La tierra misma lentamente muere
con los astros lejanos: Miserere!
Y hasta quizá la muerte que nos hiere
también tendrá su muerte: Miserere!

miércoles, 9 de septiembre de 2009

La Tristeza - Alfonsina Storni

Yo sé que algunos dicen que nació la tristeza
en las rosas de sangre que murieron de sed
porque habiendo tanta agua, Madre Naturaleza
no se acercó hasta ellas a darles de beber.

Yo sé que algunos dicen que ha nacido en la sala
de un hospital de niños, porque piensan que Dios
no pudo darse cuenta de cómo es fría y mala,
para un niño, la ley maldita del dolor.

Yo sé que algunos dicen que nació en esos seres
que ni creer pudieron ni pudieron amar...
Porque dudando huyeron a todos los placeres
de vivir y no osaron entregarse jamás.

Yo sé que algunos dicen que nació en la mirada
tan mansa y apacible del penitente buey
porque hay en su cabeza de bruto, esclavizada,
una torpe inconsciencia de todo su poder.

Yo sé que algunos dicen que ha nacido de la bruma
tonalidad del día que nos deja y se va...
Que la creó la noche con su manto de luna
blanco como una novia muerta sobre el altar.

Pero yo pensaría que nació la tristeza
después de aquel momento en que algo se logró.
Cuando el triunfo de haber gustado la proeza
no permite aún crear otra nueva ilusión...

lunes, 7 de septiembre de 2009

Floreció Tanto Mi Mal - Juan del Encina

Alineación al centro
Floreció tanto mi mal
sin medida,
que hizo secar mi vida.

Floreció mi desventura
y secóse mi esperanza;
floreció mi gran tristura
con mucha desconfianza;
hizo mi bien tal mudanza
sin medida,
que hizo secar mi vida.

Hase mi vida secado
con sombra de pensamiento,
ha florecido el cuidado,
las pasiones y el tormento.
Fue tanto mi perdimiento
sin medida,
que hizo secar mi vida.

Secóse todo mi bien
con el mal que floreció,
no sé cuyo soy sin quién,
quel placer me despidió;
tanto mi pena creció
sin medida,
que hizo secar mi vida.

domingo, 6 de septiembre de 2009

Soneto de la Soledad y la Esperanza - Fermín Estrella Gutiérres


Salud, árboles rectos, cielo puro,
salud, aves canoras, vientos fuertes,
salud, oh soledad que me convierte
el alma toda en ademán seguro.

Ni el hombre, ni su máquina, ni el muro,
sólo la libertad -frustrada suerte-,
el ritmo de la vida y de la muerte,
pulso del tiempo en el silencio oscuro.

Cómo late la vida en este instante,
qué lejos la ambición y el vacilante
resplandor de la lucha y su gemido.

Bajo los pies, la tierra y su pujanza,
y en torno mío, tú, ciega esperanza
que renaces del llanto y del olvido.



Arte Poética y Versificación

Llámase poesía u obra poética a las composiciones en versos, en las que la fantasía del poeta procura presentar, de la forma más bella posible y utilizando como medio de expresión la palabra, sus anhelos, deseos e imágenes. Para Narciso Campillo poesía es "la manifestación de la belleza por medio del lenguaje".
En la poesía como en la música, y no es de extrañar ya que son dos artes que tienen bastantes puntos de contacto, se usa un vocabulario común: acentos, armonía, cadencia, censura, medida, melodía, pausa, rima y ritmo son vocablos que veremos empleados tanto en términos musicales como poéticos. Concretándonos a éstos últimos el significado estricto con el que son usados es el siguiente:

ACENTO es no sólo el que carga sobre la sílaba correspondiente, sino también la fuerza mayor que imprimimos a una sílaba en la frase y en la poesía. Como nota peculiar el verso español tien el acento grave y en los versos que por no serlo ya que su última palabra sea aguda se les concede una sílaba más o bien se le disminuye si aquella palabra fuerte fuera esdrújula.

Llámase ARMONÍA a la acertada conjugación de palabras que por sus sonidos y acentos producen un grato sonido a nuestros oídos.

CADENCIA o RITMO es la distribución regular de sonidos, acentos y de pausas.

CENSURA es la pausa que se produce a continuación del acento regulador del ritmo.

MEDIDA es el número de sílabas que forman un verso.

La MELODÍA se produce cuando al oído suenan gratamente las palabras usadas en la composición poética.

PAUSAS son los silencios producidos por los signos de puntuación empleados o bien por las lógicas necesidades de la respiración.

RIMA es la semejanza o igualdad de las palabras terminales en el verso. Pueden ser perfectas cuando sean completamente iguales, imperfectas cuando sólo tienen de igual las vocales, y disonantes cuando nada poseen en común.

Por Mario Aleixander S.
Libro de Oro del Declamador Universal, Antología poética Americana.
Editorial Latino Americana, S. A.
Segunda edición: febrero de 1966

Nocturno De Los Sueños Infantiles - Horacio Rega Molina

En la noche he deseado, distendida la mesa
sobre los duros brazos apoyar la cabeza
y quedarme dormido como si fuera un niño.
Tener un dulce sueño, con un viejo cariño,
en que pasen cantando parejas de soldados,
en que vuelen las estrellas y pájaros dorados.
Ya se fueron los tiempos de niñez florida
donde nuestra cabeza se quedaba dormida
a la dulce lámpara en un sitio cualquiera...
¡Oh, si Dios me dejara soñar lo que quisiera!

lunes, 6 de julio de 2009

La Duquesa de Job - Manuel Gutiérrez Nájera

En dulce charla de sobremesa,
mientras devoro fresa tras fresa,
y abajo ronca tu perro Bob,
te haré el retrato de la duquesa
que adora a veces el duque Job.

No es la condesa que Villasana
caricatura, ni la poblana
de enagua roja que Prieto amó;
no es la criatura de pies nudosos,
ni la que sueña con los gomosos
y con los galos de Micoló.

Mi duquesita la que me adora,
ni tiene humos de gran señora:
es la griseta de Paul de Kock.
No baila Boston, y desconoce
de las carreras el alto goce
y los placeres del Five o´clock.

Pero ni el sueño de algún poeta,
ni los querubes que vio Jacob,
fueron tan bellos cual la coqueta
de ojitos verdes, rubia griseta,
que adora a veces el duque Job.

Si pisa alfombra, no es en su casa;
si por Plateros alegre pasa
y la saluda Madam Marnat,
no es, sin disputa, porque la vista,
sí porque a casa de otra modista
desde temprano rápido va.

No tiene alhajas mi duquesita;
pero estan guapa, y es tan bonita,
y tiene un cuerpo tan v´lan, tan pschutt;
de tal manera trasciende a Francia
que no la igualan en elegancia
ni las clientas de Hélene Kosut.

Desde las puertas de la Sorpresa
hasta la esquina del Jockey Club
no hay española, yanqui o francesa,
ni más bonita, ni más traviesa
que la duquesa del duque Job.

¡Cómo resuena su taconeo
en las baldosas! ¡Con qué meneo
luce su talle de tentación!
Con qué airecito de aristocracia
mira a los hombres, y con qué gracia
frunce los labios. ¡Mimí Pinsón!

Si alguien la alcanza, si la requiebra,
ella, ligera como una cebra,
sigue camino del almacén;
pero ¡ay del tuno si alarga el brazo!
¡nadie lo salva del sombrillazo
que le descarga sobre la sien!

¡No hay en el mundo mujer más linda!
Pie de andaluza, boca de guinda,
esprit rocíado de Veuve Clicquot;
talle de avispa, cutis de ala,
ojos traviesos de colegiala
como los ojos de Louise Theó!

Agi, nerviosa, blanca, delgada,
gola de encaje, corsé de ¡crac!
media de seda bien estirada,
nariz pequeña, garbosa, cuca,
y palpitante sobre la nuca
rizos tan rubios como el coñac.

Sus ojos verdes bailan el tango;
nada hay más bello que el arremango
provocativo de su nariz.
Por ser tan joven y tan bonita,
cual mi sedosa, blanca gatita,
diera sus pajes la emperatriz.

¡Ah!, tú no has visto, cuando se peina,
sobre sus hombros de rosa reina
caer los rizos en profusión.
¡Tú no has oído qué alegre canta,
mientras sus brazos y su garganta
de fresca espuma cubre el jabón!

¡Y los domingo!... ¡Con qué alegría
oye eb su lecho bullir el día,
y hasta las nueve quieta se está!
¡Cuál se acurruca la perezosa,
bajo la colcha color de rosa,
mientras a misa la criada va!

La brave cofia de blanco encaje
cubre de rizos, el limpio traje
aguarda encima del canapé;
altas, lustrosas y pequeñitas,
sus puntas muestran las dos botitas,
abandonadas del catre al pie.

Después, ligero, del techo brinca.
¡Oh quién la viera cuando se hinca
blanca y esbelta sobre el colchón!
¿Qué valen juntos de tanta gracia
las niñas ricas, la aristocracia,
ni mis amigas de cotillón?

Toco; se viste; me abre; almorzamos;
con apetito los dos tomamos
un par de huevos y un buen bistec,
media botella de rico vino,
y en coche juntos, vamos camino
del pintoresco Chapulteopec.

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Desde las puertas de la Sorpresa
hasta la esquina del Jockey Club,
no hay española, yanqui o francesa,
ni más bonita ni más traviesa
que la duquesa del duque Job.